Contraindicaciones de las ayudas

por Jesús Sánchez Quiñones
28 mayo 2021

Las empresas estadounidenses no logran cubrir los puestos de trabajo vacantes, a pesar de seguir existiendo 9,8 millones de personas registradas como desempleadas y una tasa de paro superior al 6%. De hecho, el indicador que recoge las encuestas realizadas a las empresas de EE.UU. muestra que más del 40% de las empresas tienen serias dificultades para cubrir sus puestos de trabajo vacantes. Este porcentaje nunca ha sido tan elevado, ni siquiera cuando la tasa de paro se situaba en mínimos históricos, en niveles considerados de pleno empleo. Algo anómalo sucede.

 

 

Todo apunta a que la causa principal de esta situación es la generosidad en las ayudas públicas a los ciudadanos estadounidenses en los sucesivos programas de apoyo por la crisis generada a causa de la pandemia. Las ayudas que inicialmente se consideraban extraordinarias y justificadas, se han ido ampliando y prorrogando en programas adicionales. El riesgo de considerar las mismas como algo recurrente y permanente aumenta con cada nuevo plan.

Las transferencias de ayudas públicas realizadas a las familias durante 2020, por importe de algo más de un billón de dólares ($1Trillion), supusieron casi cuatro veces la pérdida de sueldos y salarios por el parón económico. Con el nuevo "plan de alivio" de $1,9 billones aprobado en marzo, que incluye de nuevo cheques directos a una gran parte de los americanos, esta situación se prolongará en el tiempo. Los datos reflejan que para muchas personas no existe un incentivo en buscar un puesto de trabajo, cuando sin trabajar pueden ingresar una cantidad similar o incluso superior a la que recibirían trabajando.

Son numerosas las voces que avalan estas medidas de "helicóptero monetario", con entrega de dinero directamente a las personas, como medio para conseguir un incremento del consumo privado que, a su vez, dinamice la economía. La realidad es que gran parte del consumo se destina a productos importados. Los estímulos estadounidenses se han convertido en un estímulo para la economía mundial, principalmente para Asia, y no sólo para la americana. Prueba de ello es la evolución de la balanza comercial de EE.UU.

 

 

El déficit comercial de bienes de EE.UU. con el resto del mundo no deja de crecer, coincidiendo con el incremento de los importes de los programas de ayuda estadounidenses. Una parte considerable del incremento del consumo acaba en artículos manufacturados fuera de EE.UU. Durante la crisis financiera iniciada en 2008 el déficit se redujo al descender considerablemente la compra de bienes duraderos importados por parte de los consumidores. Ahora, con los estímulos asociados a la pandemia, el consumo se ha incrementado, aumentando la importación de bienes extranjeros, sin que paralelamente hayan mejorado las exportaciones de bienes estadounidenses al resto del mundo. Se está consiguiendo incentivar el consumo privado, pero no la productividad ni la producción de bienes en EE.UU.

A lo anterior hay que añadir los gigantescos déficits públicos generados en EE.UU. que han situado la deuda pública estadounidense en máximos históricos (y creciendo). Nada es gratis. Se está financiando consumo actual con cargo a deuda pagadera en el futuro.

 

 

 

En conclusión: EE.UU. ha optado por una concatenación de generosos programas de ayudas directas que, a pesar del nivel de desempleo existente, dificulta la contratación de trabajadores en las empresas; favorece el consumo de productos en muchos casos importados y no ayuda a mejorar la competitividad interna de las empresas de EE.UU. Todos estos discutibles estímulos se llevan a cabo mediante la generación de deuda que será una pesada losa para el futuro.

No es de extrañar que voces tan autorizadas como del ex Secretario del Tesoro, Larry Summers, alerten sobre las nocivas consecuencias de las políticas actuales. Mientras tanto, priman las fantásticas cifras de crecimiento económico, sin que parezcan importar el creciente déficit comercial y la galopante deuda pública. Prima el corto plazo.


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