Temores de guerra

por Jesús Sánchez Quiñones
29 junio 2018

Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, uno de los principales riesgos para la economía mundial ha sido las restricciones al comercio mundial y el desencadenamiento de una guerra comercial. A pesar de que al tercer día de estar en el cargo Trump decidió sacar a EE.UU. del acuerdo Trans-Pacífico (TPP), ha existido la esperanza de considerar que la posición de la Administración estadounidense obedecía más a una estrategia negociadora que a un deseo de guerra comercial. Según transcurren las semanas y los meses la guerra comercial va tomando cuerpo con medidas proteccionistas concretas. Aun así, todavía existe la esperanza de que finalmente se lleven a acuerdos que limiten en gran medida los efectos dañinos de una guerra comercial.

La decisión de imponer aranceles (tariffs) sobre determinados productos importados no impide el comercio internacional, pero lo encarece. Dependiendo del bien que se trate el importador puede: o bien trasladar todo o parte del coste del arancel al producto final, encareciendo los productos; o bien, el productor del bien o el importador previsiblemente tendrá que reducir los márgenes de los productos al no poder incrementar su precio de venta.

Cuando los bienes importados que soportan aranceles son bienes intermedios o materias primas utilizadas en la producción de otros productos, los aranceles acaban provocando el aumento de precios de productos fabricados en el propio país que impone los aranceles. Así, la imposición de aranceles por parte de EE.UU. al acero y al aluminio provoca que tanto los coches, como las latas de cervezas fabricadas en EE.UU. tengan un mayor coste. Curiosamente las latas de cervezas importadas no han visto aumentar su coste al no aplicárseles el incremento de aranceles.

Cuando se analizan las balanzas comerciales entre los distintos países sólo se tiene en cuenta lo que se produce en un país y se exporta a otro país. En base a este análisis es cierto que EE.UU. tiene un saldo comercial ampliamente negativo, principalmente con China. Sin embargo, este análisis es sólo parcial y miope sin tener en consideración la producción realizada por compañías, estadounidenses en este caso, en otros países. Así, los "iPhone" producidos en China y vendidos en China no se consideran exportaciones estadounidenses a China, ni se incluyen en las estadísticas de comercio internacional. Obviar la relevancia del volumen de la producción y venta de las empresas estadounidenses fuera de sus fronteras, implica ignorar la capacidad de represalias del país que sufre las medidas proteccionistas estadounidenses.

 

Empresas como Coca-Cola realizan el 70% de sus ventas fuera de EE.UU., pero dichas ventas no son consideradas exportaciones porque la producción en la mayoría de los mercados donde vende es local, o como mucho regional, sin que en ningún caso sean exportaciones de EE.UU. a ese país de destino.

Tras el anuncio de aranceles europeos a determinados productos como represalias a las medidas proteccionistas americanas, Harley Davidson, una de las empresas estadounidenses afectadas ha anunciado que trasladará parte de su producción fuera de EE.UU. De este modo las ventas futuras de la compañía no se considerarán exportaciones americanas, al no fabricarse allí. 

El temor a una guerra comercial que desencadene una espiral de medidas proteccionistas por parte de EE.UU., represalias por parte de los países afectados y más represalias por parte de las autoridades estadounidenses, sigue siendo el mayor de los peligros para el futuro de la economía mundial. Mientras dure la actual situación de incertidumbre sobre el comercio global muchas inversiones se pospondrán hasta la clarificación del panorama. De momento, algunas compañías, como el fabricante de automóviles Daimler, ya ha avisado una reducción de sus previsiones de beneficios este ejercicio por la incertidumbre arancelaria.

En las guerras comerciales nadie gana. Los inversores tampoco.


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