La audaz y efectiva, aunque ciertamente confusa, captura de Maduro el pasado sábado y la forma en la que Trump está gestionando el cambio político en Venezuela han venido a recordarnos que la segunda llegada de Trump a la Casa Blanca, hace ahora un año, no es solo una sustitución en la presidencia de la mayor economía del mundo, sino que es, o al menos pretende ser, un auténtico cambio de régimen, con impacto global, pese a la aparente retórica inicial aislacionista.
Esa proyección global se puso ya de manifiesto, en lo que a Europa se refiere, en el famoso discurso del vicepresidente J.D. Vance en la conferencia de seguridad de Múnich celebrada en febrero de 2025, un discurso que ha tenido ya como primera consecuencia visible el que este año el partido alemán Alternative für Deutschland (AFD), al que se le había negado hasta ahora la participación en dicho foro, por considerarlo de extrema derecha, vaya a tener representación oficial en la próxima Conferencia de Seguridad que se celebrará de nuevo en Múnich entre el 13 y el 15 de febrero próximos. La Estrategia Nacional de Seguridad del gobierno americano (NSS2025), publicada a inicios de diciembre, ha venido a confirmar que el plan de Estados Unidos no es precisamente olvidarse del mundo y replegarse sobre sí mismo, sino más bien lo contrario, seguir siendo el líder global y ejercer como tal, con todas las consecuencias.
Estamos, por tanto, ante un proyecto de cambio profundo, con implicaciones globales y de largo plazo, que afectan no solo a la geopolítica sino también al modelo de crecimiento global. Un modelo cuya cabeza visible (“front runner”) es Trump, pero que va mucho más allá del propio Trump, para hundir sus raíces en los centros de pensamiento, tecnoligarcas y fundaciones varias que durante largos años han elaborado una alternativa política al modelo dominante en las últimas décadas, que había funcionado bien, pero que había llegado a su agotamiento.
Pero, aunque Trump no sea necesariamente el ideólogo del cambio, sí es, como decíamos, el que lo lidera y lo hace con dos características muy suyas, que es difícil negarle, nos guste o no el personaje. Una, a la que aludíamos en nuestro comentario del 17 de noviembre del pasado año, la de pensar siempre a lo grande, en línea con el libro “Think Big” que escribió antes de dedicarse a la política. Y otra, la de ser un hombre de acción, un “doer”, alguien a quien le gustan los resultados, y no quedarse solo en palabras o análisis. Priorizando, además, como dijo en la conferencia de prensa del sábado al comentar la operación en Venezuela, el control del resultado (“we want it done right”). Esas dos características imprimen un sello muy especial a su segundo mandato, en el que, como decíamos, el objetivo es un cambio de régimen, con todas sus consecuencias.
Es importante, a nuestro juicio, tener todo ello en mente a la hora de intentar entender las líneas básicas que podrían definir los mercados financieros en este 2026 que ahora empieza, porque esos rasgos de la personalidad de Trump van a conformar, para bien o para mal, la política económica y más en particular la política monetaria en los próximos meses, igual que se han proyectado sobre el reciente “raid” sobre Maduro. Lo cual es importante porque, como decíamos la semana pasada, la explosiva combinación de políticas monetarias y fiscales ultraexpansivas, que todos los gobiernos, incluido el norteamericano antes de llegar Trump, han practicado y siguen practicando, ha sido un motor esencial del crecimiento económico y de la subida de las bolsas en los últimos años.
Lo previsible es que esa combinación de políticas monetarias y fiscales continúe o incluso se intensifique, al tomar Trump el control total de la Fed sustituyendo a Jerome Powell por una figura afín que garantice la expansión monetaria y la bajada de tipos a niveles aún mayores de los previstos, lo que puede llevar los Fed funds incluso al 2,75% o 2,5%, es decir, por debajo de lo que esperan los mercados.
En el mundo “think big” de Trump, el dinero nunca es el problema, como decíamos este verano a raíz de la aprobación de la Genius Act, al menos en lo que dependa de Trump, que es casi todo. Como siempre que hablamos de inyectar dinero, o lo que es lo mismo, de crear más deuda en el sistema, lo importante al final es cómo se utilice ese dinero y ahí la esperanza es que la Inteligencia Artificial funcione y genere las condiciones de un nuevo ciclo de crecimiento, porque una gran parte del dinero de los mercados, el que hay y el que vendrá, va a ir a parar precisamente a empresas o proyectos relacionados con la IA. Esa es la otra gran apuesta de Trump, dentro de su moldeo de “think big”, una apuesta que se ha visto muy claramente con su apoyo a las grandes tecnológicas, uno de cuyos episodios es la amenaza de represalias a Europa si se censuran los contenidos de plataformas estadounidenses, llegando a restringir el visado a cinco figuras europeas clave en la regulación de contenidos.
Suele decirse que enero tiene las claves para saber lo que va a pasar el resto del año, según el viejo adagio de Wall Street “as goes January, so goes the year”, un adagio que tiene un impresionante ‘track record’ del 84% y que también se cumplió en 2025, ya que el S&P subió el 2,7% en enero y ha subido un 16% en el conjunto del año. Aunque es verdad que tras enero el S&P sufrió tres meses seguidos de caídas antes de iniciar la espectacular remontada de los últimos ocho meses, a partir de la segunda mitad de abril.
Por ahora solo hemos tenido una sesión, la del pasado viernes, que fue buena en las bolsas europeas (Ibex +1,1%, Eurostoxx +1%, Dax +0,2%, Cac +0,6%, Mib italiano +1%), pero mixta en las bolsas americanas, en las que se alternaron pequeñas subidas y bajadas, terminando al final la sesión en positivo para el Dow (+0,66%), el Russell 2000 (+1,06%) y el S&P (+0,19%), y en negativo para el Nasdaq (-0,03%).
La idea que podríamos extraer de esa primera sesión, dado el comportamiento del Nasdaq, del Russell y del Dow y las bolsas europeas, es que continúa la rotación desde valores tecnológicos hacia valores más tradicionales. Nuestra idea, en general, es que esa rotación puede continuar, aunque sin romper el liderazgo de fondo de las tecnológicas, que es necesario en este ciclo. En todo caso, es un poco precipitado hacer conjeturas en base a una sola sesión.
En general, los grandes bancos de inversión son, como decíamos la semana pasada, positivos para el 2026, aunque hay voces, como la de la estratega jefe de Bank of America, Savita Subramanian, que alertan de que el S&P 500 nunca ha estado tan caro y que los riesgos abundan. En definitiva, la combinación del impulso fiscal (léase Big Beautiful Bill en Estados Unidos y plan de defensa en Europa), el impulso monetario, mayor aún cuando Trump controle la Fed, y la inversión en IA, dará lugar de nuevo a saltos de valor acompañados por correcciones cada cierto tiempo.
Esta semana se publica, con retraso por el cierre del gobierno norteamericano, el informe de empleo norteamericano de diciembre, que se espera haga subir la tasa de paro una décima, al 4,6%. Otro de los “momentos” de la semana es el encuentro tecnológico CES de Las Vegas, en el que hablará el carismático fundador de Nvidia, Jensen Huang, en un entorno “show me the money”, en el que, como decíamos la semana pasada, los inversores empiezan a pedir a la Inteligencia Artificial que muestre cómo va a monetizar en el futuro las enormes inversiones actuales. Hay, además, bastantes datos macroeconómicos (PMI, inflación, ventas minoristas, producción industrial…) en Europa, Estados Unidos, Japón y China, que nos ayudarán a ver un poco mejor cómo viene 2026.
Lo más inmediato es ver el impacto de lo sucedido en Venezuela. Algunos lo ven como negativo, porque piensan que nos introduce en una especie de “guerra civil global”, pero, en nuestra opinión, será neutro o en todo caso positivo, dado que Trump ha dejado claro que quiere poner de nuevo en marcha, eso sí, para beneficio de Estados Unidos y sus petroleras, las inmensas capacidades de producción de crudo que tiene Venezuela. Si lo consigue, y ya hemos dicho que es un “doer”, el precio del petróleo puede estabilizarse en un nivel algo más bajo que el actual, en torno a los 50/55 dólares barril, y eso aliviará las tensiones de inflación y de crecimiento.
Con la expectativa de que la situación en Venezuela evolucione favorablemente, con la volatilidad bajo mínimos y con el bitcoin por encima de los 90.000 dólares y el ether por encima de los 3.000 dólares, apostaríamos por una semana suavemente alcista.