La tensión entre Estados Unidos y China no se limita a la guerra comercial, sino que abarca prácticamente todos los aspectos posibles. A modo de ejemplo, la razón que arguye la administración estadounidense para no prorrogar un año el acuerdo New START sobre control de armas nucleares, como quería Rusia, es la no aplicación de dicho tratado a China, que ha desarrollado intensamente su programa de armas nucleares en los últimos años.
El área que determinará quiénes son los aliados reales de cada una de las dos potencias dominantes, China y Estados Unidos, es el origen de la tecnología crítica que se utilice en cada país.
EE. UU. ha dejado claro que para su gobierno es una prioridad que sus aliados utilicen la tecnología “made in USA”, tanto en inteligencia artificial como en biotecnología y computación cuántica. La razón principal, además de la meramente comercial, es la potencial amenaza que supone la utilización de tecnologías de una potencia eventualmente hostil.
La desconfianza sobre la utilización de tecnología de la potencia adversaria es total. Se es muy consciente de que distintos componentes tecnológicos pueden ser utilizados para espiar o incluso para sabotear desde ordenadores hasta infraestructuras críticas.
Así, China ha prohibido el uso de software de ciberseguridad con origen en Estados Unidos o en Israel. También ha puesto en marcha un plan para reducir su dependencia del software y de la capacidad de computación norteamericana. Esto no es nuevo. Ya en 2014, China prohibió el uso de Microsoft Windows en todos los ordenadores del gobierno.
Por su parte, el gobierno de EE. UU. mantiene una lista de entidades tecnológicas chinas que considera una amenaza para la seguridad nacional, como Huawei. Entre otras acciones, se ha prohibido la venta de equipos de videovigilancia y telecomunicaciones de ciertas empresas chinas, argumentando que podrían ser utilizadas para espiar a los ciudadanos estadounidenses.
Europa, aunque tenga fuertes lazos comerciales con China, también desconfía de las consecuencias del uso de la tecnología con origen chino. Hasta ahora, solo había una recomendación de no utilizar tecnología china en el desarrollo de infraestructuras estratégicas. En enero de este año se ha presentado una ley de Ciberresiliencia en Bruselas que permitirá restringir “proveedores” de alto riesgo en 18 sectores críticos como drones, equipos médicos, semiconductores o computación en la nube.
Aunque dicha ley no menciona a ningún país en concreto, obliga al cumplimiento de unos estándares de seguridad. Así, si un componente de un proveedor chino no cumple con la normativa, el producto final no podrá venderse legalmente en la Unión Europea.
Cabe recordar que ya en junio de 2024 Alemania anunció la prohibición del uso de componentes de empresas chinas en sus redes de 5G, alegando motivos de seguridad nacional y de soberanía tecnológica, al tratarse de infraestructuras críticas sometidas a riesgos potenciales de espionaje o sabotajes.
Adicionalmente, en mayo del año pasado Estados Unidos descubrió componentes de telecomunicaciones que no estaban incluidos en las especificaciones técnicas en multitud de productos chinos como paneles solares, baterías o cargadores de vehículos eléctricos que podrían suponer un alto riesgo de espionaje y de desactivación a distancia.
Ya en 2010, Google recibió un serio ciberataque por parte de hackers chinos contra sus bases de datos, en la conocida como “Operación Aurora”. Fue la primera vez que una gran empresa acusaba directamente al gobierno chino de un ciberataque a gran escala. Desde entonces los ciberataques se han sofisticado enormemente, más aún con el uso de la inteligencia artificial.
En el acuerdo de La Haya para incrementar los gastos en defensa hasta el 5%, se desglosaba dicho porcentaje entre el 3,5% en gastos de defensa puros y un 1,5% en el concepto de defensa ampliada. Este segundo apartado incluye tanto la ciberseguridad, como la defensa y protección de infraestructuras críticas.
Para que la economía funcione adecuadamente es fundamental la confianza. Todo lo comentado anteriormente pone de manifiesto que dicha confianza entre las grandes potencias entre sí y con sus aliados se ha deteriorado sensiblemente, lo cual tiene consecuencias no positivas para la economía global.
Europa, al carecer de tecnología propia y ser dependiente de la tecnología de terceros, tiene que tomar una decisión vital: depender de la tecnología estadounidense o de la tecnología china. Dados los evidentes riesgos de espionaje o sabotaje de infraestructuras críticas, es una decisión crucial. De momento, parece que Europa se inclina por la tecnología estadounidense, aunque sin demasiado entusiasmo.