Si hacemos caso a la física cuántica, las cosas pueden estar y, de hecho, están en dos sitios a la vez. Y por eso generan dinámicas no lineales. Dinámicas que pueden verse alteradas incluso por la sola observación porque, paradójicamente, la observación altera el curso de lo observado o, en palabras de Werner Heisenberg, “la medida modifica lo medido”.
Algo de eso debe de pretender Trump con uno de sus comportamientos más repetitivos, del que ha vuelto a hacer gala esta última semana: decir una cosa y, al poco tiempo, la contraria, dando la sensación de rectificar sus propias palabras continuamente y creando un gran desconcierto. Es difícil saber si esa forma de actuar de Trump es una técnica consciente, una especie de truco que forma parte de su arsenal de tácticas de negociación, o si, por el contrario, los constantes cambios de mensaje traslucen una inquietante falta de criterio por parte de quien tiene que decidir temas de enorme relevancia como presidente de la primera potencia mundial.
La opinión pública tiende a considerar más bien lo segundo, como venimos diciendo en los últimos comentarios. Según esta interpretación, Trump es un personaje sin criterio, que carece del más mínimo nivel intelectual y que por eso cae en continuas contradicciones. Pero se hace difícil aceptar esta opinión, no solo por el hecho de que es muy atrevido pensar así de quien, para llegar a la presidencia de la primera potencia del mundo, ha tenido que pasar pruebas importantes, sino porque, además, por ahora Trump, les guste o no a sus críticos, está demostrando una gran efectividad a la hora de conseguir sus objetivos. De momento, en las cosas importantes, Trump viene ganando, como dice el título de la reciente película ganadora de varios Óscar, una batalla tras otra, y poco a poco va calando la idea de que el mundo previo a Trump no va a volver porque es, como decía en una reciente entrevista la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, “un mundo que ya no existe”. Dicho de otra forma, estamos entrando en un mundo diferente que Trump quiere configurar a su manera y, para conseguirlo, utiliza, entre otras técnicas, la de lanzar permanentemente mensajes contradictorios.
Los mensajes contradictorios de Trump han vuelto a mover las bolsas esta semana semifestiva. Las bolsas subieron con fuerza el martes y el miércoles tras la promesa de Trump de una pronta retirada de Irán por Estados Unidos, para bajar el jueves estrepitosamente tras haber dicho Trump el miércoles, en una comparecencia previamente anunciada, que EE. UU. va a dejar arrasado Irán en las dos próximas semanas, devolviéndolo literalmente a la edad de piedra. Dos mensajes contradictorios, al menos aparentemente: el de una paz inmediata y el de una acción militar demoledora.
Es interesante analizar con más detalle la reacción de las bolsas, sobre todo de las americanas, y del petróleo ante esos mensajes. Tras un lunes relativamente anodino, en el que las bolsas fueron de menos a más, el martes vimos una impresionante subida de las bolsas estadounidenses tras el mensaje de Trump anunciando la retirada de Estados Unidos de Irán en dos o tres semanas. El Nasdaq subió un 3,8% en la sesión, el S&P un 2,9% y el Dow Jones un 2,5%. Lo curioso es que ese mismo día el petróleo también subió, sin afectar a las bolsas.
Lo que hemos visto, por tanto, en la semana es una gran volatilidad, que fue especialmente intensa en la sesión de cierre semanal del jueves. Pero, al final, las bolsas han acabado subiendo. En Europa, el Eurostoxx ha subido un 3,4% en la semana, el Cac un 3,3%, el Mib italiano un 5,2%, el Ibex un 4,5% y el Dax un 3,9%. En Estados Unidos, el S&P 500 ha subido un 3,4% en la semana, el Dow Jones casi un 3% y el Russell 2000 un 3,3%. El Nasdaq ha sido el mejor, con un 4,4% de subida semanal. Por su lado, el Nikkei ha saldado la semana con una ligera bajada de medio punto porcentual.
Una vez más nos encontramos con la contradicción entre la opinión pública, preocupada por la escalada de la guerra, y las bolsas, que no acaban de reflejar ese escenario de catástrofe que algunos anuncian.
Esa contradicción conecta también con dos curiosidades relacionadas con el petróleo que nos ha dejado esta semana.
La primera es que la correlación entre el precio del petróleo y las bolsas se ha roto en varios momentos significativos de la semana. Como ya hemos dicho antes, el martes las bolsas se dispararon al alza tras las declaraciones de Trump asegurando que en dos semanas Estados Unidos se retiraría de Irán. Sin embargo, el petróleo apenas bajó en la sesión del martes y hubo que esperar al miércoles para ver al crudo ligero americano (WTI) y al Brent por debajo de 100. Pero la mayor divergencia se produjo en la sesión del jueves, que era la de cierre semanal. Tras las nuevas declaraciones de Trump anunciando una ofensiva militar a gran escala contra Irán, el petróleo subió de forma vertical: un 8% el Brent y un 12% el crudo ligero (WTI), pero las bolsas estadounidenses, aunque bajaron al principio, giraron al alza en la parte final de la sesión y tanto el S&P como el Nasdaq acabaron subiendo, un 0,18% y un 0,11%, limitándose la caída del Dow Jones a un casi simbólico -0,13%. Aparentemente, las bolsas americanas se desacoplaron del petróleo.
La segunda sorpresa del jueves en relación con el petróleo fue que el Brent terminó la sesión en 109,2 dólares por barril, por debajo de los 112 dólares por barril a los que cerró el crudo ligero (WTI), algo que hacía mucho tiempo que no sucedía, ya que lo habitual es que el Brent (referencia europea) cotice por encima del WTI. Las explicaciones pueden ser variadas, pero lo cierto es que, en términos estadísticos, se trata de una anomalía y habrá que ver si se mantiene. Los 112 dólares del WTI suponen su mayor nivel desde el 28 de junio de 2022.
Al final, el petróleo afecta a las bolsas porque afecta a la economía, pero, como decíamos la semana pasada recogiendo una idea de Jerome Powell, hoy la economía funciona de forma muy diferente y extrapolar modelos del pasado siglo sobre el impacto del petróleo en la economía puede ser un error. O, dicho de otra forma, no sabemos a ciencia cierta cuáles son los efectos concretos sobre la economía de la situación del estrecho de Ormuz, pero puede haber perdido algo de importancia el impacto del petróleo sobre la economía.
Estamos empezando a recibir algunos datos económicos de marzo, como la inflación de la zona euro, que ha sido del 2,5%, o como la subida del galón de gasolina a 4 dólares, el precio más alto desde el 8 de agosto de 2022, pero tal vez el más interesante haya sido el informe de empleo estadounidense de marzo, que se publicó el viernes con los mercados cerrados. Tras un pésimo mes de febrero, en el que la economía norteamericana destruyó casi cien mil puestos de trabajo, en marzo se han creado 178.000 empleos, más de lo esperado, bajando la tasa de paro al 4,3%. Estos datos, en principio, no muestran un impacto inquietante ni sobre la inflación ni sobre el crecimiento, pero es pronto para sacar conclusiones y hay que esperar.
A pesar de que el S&P 500 sigue por debajo de la media móvil de 200 sesiones, al final de la semana las bolsas han dejado sensaciones más positivas que negativas, como lo prueba el hecho de que el llamado “índice del miedo”, el VIX, que mide la volatilidad del S&P, cerrase el viernes en 25,3 puntos, muy por debajo de los 30 puntos que se alcanzaron al empezar la guerra. Pero, igual que en lo relativo a los efectos sobre la economía, es pronto para sacar conclusiones.
Desde hace meses y, por tanto, desde antes de que la guerra de Irán empezase, venimos viendo un proceso de corrección en las bolsas, que empezó a finales de octubre en las grandes tecnológicas, las MAG7, y que ha continuado en el primer trimestre en otras empresas y en otros activos. Por citar solo algunos ejemplos de correcciones fuertes fuera del sector tecnológico: Louis Vuitton (LVMH) ha tenido el peor trimestre de toda su historia bursátil, dentro de una crisis general de las empresas de lujo; la plata ha caído casi un 20% en el mes de marzo, siendo su peor mes en 15 años, desde septiembre de 2011. Otro caso de recorte fuerte es Nike, que pierde un 30% desde el uno de enero y que el miércoles se desplomaba un 15% tras presentar resultados trimestrales inferiores en un 35% a los del mismo periodo del año anterior.
Ese proceso de corrección se ha agravado en marzo por la guerra de Irán y, en algún momento, tal vez cuando termine de verdad la guerra de Irán, las bolsas harán suelo. Es posible incluso que las bolsas estén haciendo suelo ahora mismo y que lo peor haya pasado pero, como decíamos, es prematuro pensar en un despegue inmediato.
Las declaraciones de Trump el fin de semana llevarían a pensar en una fuerte escalada del conflicto (Trump habla de un “infierno”), con impacto muy negativo en las bolsas. Pero la teoría cuántica nos dice que no se pueden predecir los fenómenos en términos de total certeza y que solo cabe hacerlo en términos de probabilidades. Tal vez las bolsas y los demás mercados financieros tengan también que aceptar esa limitación y conformarse con vivir en la relativa incertidumbre “cuántica”, aceptando la posibilidad de varios escenarios alternativos y asignando probabilidades a cada uno de esos escenarios.
Esta semana, además de publicarse las actas de la última reunión de la Fed, hay varios datos interesantes, tanto de crecimiento como de inflación. Se publica la lectura definitiva del PIB norteamericano del tercer trimestre de 2025, así como el llamado deflactor de gastos personales de febrero (PCE deflator), que, como se sabe, es el indicador de inflación preferido por la Fed, y el IPC de marzo, que recogerá ya, al menos en parte, los primeros efectos de la guerra de Irán. El viernes se publica el índice preliminar de abril de sentimiento del consumidor estadounidense de la Universidad de Michigan, que también arrojará luz sobre el impacto de la guerra de Irán.
Nos gustaría apostar por una cierta formación de suelo en torno a los 6.500 puntos del S&P, pero todos los escenarios están abiertos, el S&P sigue por debajo de su media móvil de 200 sesiones y no es descartable una caída hasta soportes más fuertes, que están en torno a los 6.100 puntos, sobre todo si llega a hacerse realidad el “infierno” anunciado por Trump.