Que el S&P haya caído finalmente solo un 0,44% tras el terremoto provocado el pasado lunes por el apocalíptico informe Citrini, y tras la fría acogida dada por los inversores a los magníficos resultados de Nvidia y a la optimista visión de su fundador, Jensen Huang, sobre el futuro de la IA, es una nueva demostración de la fortaleza de las bolsas. Y también lo es el hecho de que el S&P suba un 0,5% desde el uno de enero, a pesar de un entorno geopolítico enrarecido, en el que a la amenaza de invasión de Groenlandia le ha sucedido la anulación de los aranceles por el Tribunal Supremo de Estados Unidos y, finalmente, la inestabilidad en Oriente Medio tras el ataque a Irán este fin de semana.
Pero, además de fortaleza, ese suave aplanamiento del S&P, que en los últimos cuatro meses apenas ha tenido movimientos superiores al 1%, muestra también la estabilidad bursátil a la que nos referíamos la semana pasada, una estabilidad que, paradójicamente, deriva de la permanente “autocorrección” que el mercado va haciendo de sus propios excesos, desplazándose el dinero continuamente de unos sectores a otros y de unas compañías a otras, como también decíamos en nuestro comentario anterior.
Desde finales de octubre, mes en el que marcaron sus máximos históricos varias grandes tecnológicas, como Microsoft, SAP y la propia Nvidia, el sector tecnológico ha entrado en una corrección de cierta intensidad, pero bastante ordenada. Nvidia, por ejemplo, pierde un 16,5% desde su récord del 29 de octubre, tras caer un 6,5% la semana pasada. Pero, desde noviembre, su cotización no se ha salido de una banda de fluctuación relativamente estrecha, entre 170 y 190 dólares. Y el Nasdaq Composite, que es el índice tecnológico por excelencia, ha caído la semana pasada solo un 1% y pierde desde el uno de enero solo un 2,5%, pese a la enorme inquietud suscitada en torno a las empresas de software, afectadas por la amenaza existencial que, según algunos, representa para ellas la IA (AI kills software). La estabilidad del Nasdaq Composite es notable, teniendo en cuenta que Microsoft ha recortado casi un 20% en el año y Salesforce un 26,5%, y se debe a que las caídas mencionadas se compensan con el mejor comportamiento de otras grandes tecnológicas como Alphabet, que se mantiene casi plana, ya que solo ha perdido un 0,4% desde el inicio de año, o como Micron Technology, que sube un 44,5% en estos dos primeros meses.
Vemos, así, un movimiento de corrección de compañías o sectores que habían tenido subidas extraordinarias los años o los meses anteriores. Y esa corrección no se limita al sector tecnológico sino que llega a otros sectores. Sectores como, por ejemplo, la defensa europea, con Rheinmetall cayendo más del 9% el último mes; o la banca europea, en la que hemos visto, por citar solo un caso, a BBVA cayendo casi un 8% la semana pasada.
Como decíamos en nuestro último comentario, esa autocorrección permanente y selectiva y esos desplazamientos del dinero son, a nuestro juicio, la mejor garantía de la continuidad del ciclo alcista a medio plazo y el mejor antídoto contra colapsos bruscos o generalizados por sorpresa. Lo deseable, para que el mercado alcista de largo plazo pueda seguir, es que la corrección vaya llegando a todos los índices y sectores (¿para cuándo el Ibex?) y vaya limpiando el mercado de excesos.
Por todo lo anterior, nos parece una buena noticia el comportamiento de las bolsas americanas en febrero, con el Dow Jones casi plano (+0,2% en el mes), el S&P bajando un 0,9%, el Nasdaq 100 bajando un 2,1% y el Russell 2000 de empresas pequeñas, que había empezado muy fuerte el año, subiendo un moderado 0,7%. Ese aplanamiento no ha llegado aún a los índices europeos, ya que el Eurostoxx ha subido un 3,2% en febrero y nuestro Ibex un 2,7%, ni tampoco al Nikkei, que ha subido un impresionante 10,4% impulsado por el éxito electoral de Sanae Takaichi, pero la dinámica general apuntaría a un relevo también en la corrección bursátil, es decir, con los índices más fuertes, como el Ibex o el Nikkei, dejando paso a los que se han quedado atrás.
En ese contexto de aparente tranquilidad y relevo ordenado de sectores y de empresas irrumpió el lunes pasado el documento elaborado por Citrini Research, bajo el título: “La crisis de la inteligencia global en 2028”, en el que se nos presenta una descripción de cómo podría ser el mundo en 2028, bajo el impacto de la IA. Y lo que nos muestra no es muy agradable, porque lleva a una gran pérdida de empleos y a una contracción económica importante.
Lo más interesante del informe es, en este sentido, que ya no se aborda la IA como un tema sectorial, circunscrito a la tecnología, sino como un tema “macro” con implicaciones económicas que van mucho más allá del sector de la tecnología. Ya no se habla de la “burbuja” de la IA, ni de la IA como depredador del software hasta acabar matándolo, sino de la IA como una disrupción que puede provocar una fuerte sacudida transversal en toda la economía. Porque, paradójicamente, la IA puede ser a la vez beneficiosa para la productividad y perjudicial para el PIB, llevando a una espiral deflacionaria muy destructiva. El tema ya no es, por tanto, si la IA es o no una burbuja, el tema es si va a hacer que todo lo demás sea una gran burbuja.
El análisis de Citrini apunta a dos grandes riesgos: por un lado, la inteligencia, el talento, que hasta ahora es un factor escaso, muy buscado y por ello muy bien remunerado, con la IA deja de ser un factor escaso y los trabajadores de cuello blanco, bien pagados, se ven abocados a un fuerte recorte de salarios o al despido. Por otro lado, con la IA las máquinas irán produciendo cada vez una parte mayor del PIB, pero las máquinas no consumen, a diferencia de los humanos, que producimos y consumimos. Con las máquinas ganando cuota a los humanos en la generación de PIB, se rompe el flujo circular del dinero y aparece lo que el informe Citrini llama el “PIB fantasma”, que se produce pero que no existe, porque nadie lo demanda ni lo consume.
El efecto combinado de ambos factores (caída del empleo y del consumo y ruptura del flujo circular del dinero) provoca una fuerte contracción del PIB con la derivada de problemas sociales y de imposibilidad de financiar la deuda pública. La IA deja de ser un problema de un sector y pasa a ser un problema para todos. Las caídas en Bolsa la semana pasada de los grandes bancos americanos (Bank of America -6%, Wells Fargo -8,2%, Citi -5%, JP Morgan -3,4%) podrían tener su explicación en el temor a esa posible contracción que vaticina el informe Citrini. Desde el uno de enero, Bank of America cae casi un 10% y Wells Fargo un 12,6%. ¿Están descontando un escenario macro menos amable?
Afortunadamente, el informe Citrini nos da posibles pistas para buscar una solución. La destrucción de trabajos de cuello blanco o la “desaparición” de una parte del PIB por su carácter “fantasmal” no son una hipótesis imposible, pero tampoco inevitable. Si miramos la amenaza de la IA no bajo el ángulo del ciclo (empleo, crecimiento…) sino bajo el ángulo de la transformación (cambio de estilos de vida y de modelos de negocio), pueden aparecer soluciones a esos problemas, igual que han aparecido siempre en anteriores revoluciones tecnológicas.
Empezamos marzo con temas más inmediatos encima de la mesa. El ataque a Irán, por un lado, y el informe de empleo norteamericano de febrero, que se publicará el viernes y que se espera con gran interés, tras el deflactor de gastos personales (PCE deflator) de enero publicado el pasado viernes, que mostraba una inflación algo más alta de la deseable. De momento, el tipo de interés del T bond (bono del Tesoro americano a diez años) ha caído por debajo del 4% y, sin embargo, el dólar ha subido, algo que a muchos sorprenderá, pero no a los seguidores de estos comentarios semanales.
Lo normal y lo deseable sería que las bolsas continúen su consolidación ligeramente bajista, pero los “espíritus animales” de los inversores siempre andan sueltos y podrían provocar alzas si la situación en Irán se normaliza.