En medio del mensaje de la Agencia Internacional de la Energía, reiterado hace unos días en París por su director ejecutivo, Fatih Birol, de que estamos viviendo la peor crisis energética de la historia, que superaría, según la AIE, a las de 1973, 1979 y 2022 juntas, y en medio de debates crecientes en Europa sobre un posible racionamiento o incluso desabastecimiento de fuel y de otras materias primas críticas, la conversación más habitual estos días en los mercados financieros se centra en lo que ya se empieza a llamar la “paradoja del 2026”, a saber, por qué las bolsas están tan exultantes en un entorno aparentemente tan sombrío.
En abril, el índice global de las bolsas (MSCI World) ha subido un 9,4%, destacando claramente los valores de tecnología, con el Nasdaq 100 subiendo un 15,6% en el mes, pero también otros sectores. El S&P 500 ha subido un 10,4% en abril, el Russell 2000 un 12,2%, el Dow Jones un 7,1%, el Eurostoxx un 5,6%, el Nikkei japonés un 16,1% y el MSCI de bolsas emergentes un 14,5%. Son subidas destacables en sí mismas, pero lo son más si pensamos que se producen con varias guerras abiertas, incluida una tan sensible como la de Irán, con una polarización geopolítica creciente, con unos niveles de deuda soberana disparados (la norteamericana se encamina hacia los 40 billones de dólares), con la IA amenazando el empleo y sectores enteros como el del software, y con la confianza de los consumidores en niveles mínimos. El pasado viernes se publicó el índice de confianza del consumidor de la Universidad de Michigan que, aunque se revisó ligeramente al alza respecto a la lectura preliminar, se queda en 49,8 puntos para el mes de abril, cerca de los mínimos históricos.
A la hora de buscar causas de esta subida, hay una que parece clara: la apuesta decidida de los mercados financieros en favor de lo que se considera la mayor revolución tecnológica de la historia, la inteligencia artificial (IA). Los valores tecnológicos son los líderes de las subidas, sobre todo los relacionados con la IA, como Intel, que ha vuelto a subir más de un 20% esta semana tras avanzar un 26% la anterior, o Alphabet, que subió un 12% la semana pasada y más de un 30% en abril, superando ya los 4,6 billones de valor en bolsa y amenazando la posición de Nvidia como empresa más valiosa del mundo.
Sin duda, esas fuertes revalorizaciones de las tecnológicas están relacionadas con sus buenos resultados y sus buenas previsiones de futuro, como se aprecia en los mencionados casos de Intel y Alphabet, cuyas subidas se han producido justo después de sus respectivas publicaciones de resultados del primer trimestre. En general, podemos decir que la campaña de publicación de resultados del primer trimestre, que se inició en abril, está siendo positiva y está ayudando a las bolsas a subir, ya que, por ahora, más del 80% de las empresas que han reportado sus cifras han superado las estimaciones del consenso de los analistas.
La fascinación con la IA y los beneficios empresariales están, sin duda, detrás de la impresionante subida de las bolsas en abril, y por eso han subido más las norteamericanas que las europeas: Eurostoxx, +5,6%; S&P, +10,4%. Pero tal vez hay algo más. En primer lugar, la sensación de que, pese al mensaje apocalíptico de la Agencia Internacional de la Energía, la subida del petróleo tiene esta vez menos impacto sobre la economía y, en particular, sobre la economía norteamericana, que ya es desde hace años exportadora neta de petróleo. En segundo lugar, la economía no está tan mal. El crecimiento global, de momento, es positivo y no baja del 3%, y la inflación, aunque ha subido por el alza del crudo, tampoco se va muy por encima del 3%.
La pregunta, por tanto, es: ¿estamos viendo una burbuja bursátil que va a terminar más pronto que tarde en un “crash”? ¿O más bien estamos viendo cómo los mercados financieros descuentan un nuevo ciclo global de crecimiento basado en un modelo más armónico y sostenible que el anterior y en un nuevo acuerdo entre Estados Unidos y China?
Como le gustaba decir al tan recordado, aunque ya lejano, Alan Greenspan, las burbujas solo se ven cuando han estallado y tratar de predecirlas es misión imposible. Por tanto, a lo mejor estamos en una burbuja a punto de estallar, pero la probabilidad de que así sea es más o menos igual a la contraria. Sin embargo, sí hay argumentos en favor de la tesis de la “no burbuja” y, por tanto, de que la exuberancia de los mercados financieros está descontando un nuevo ciclo de crecimiento global, que es la tesis que venimos manteniendo desde el pasado verano.
Un argumento bastante inmediato es lo que podríamos llamar el “efecto Kevin Warsh” y la actuación previsible de los bancos centrales. La reunión de la pasada semana de la Fed ha sido la última bajo la presidencia de Powell y es sabido que Warsh viene con la idea de bajar tipos, algo que será más fácil si la economía se complica. En cuanto al BCE, esperemos que, pese a las declaraciones de Christine Lagarde el pasado jueves, en las que casi aseguraba una próxima subida de tipos, no se cometa esta vez el error de Trichet en 2008 y 2011. El BCE de Trichet subió los tipos de interés en julio de 2008, dos meses antes de la quiebra de Lehman, y volvió a subirlos en dos ocasiones, en abril y luego en julio de 2011, justo antes de que estallase con gran virulencia la crisis del euro. La falta de oportunidad en esas subidas es obvia, ya que en ambas ocasiones la economía estaba desacelerándose y la inflación había subido por problemas en la oferta, no por calentamiento de la demanda, algo similar a lo que sucede ahora. Es de esperar que el BCE no vuelva a cometer el mismo error quince años después y que, si los temas se complican, los bancos centrales flexibilicen las condiciones monetarias.
Otro argumento es la inteligencia artificial. Con la inmensa cantidad de recursos ya invertidos y los que se prevén invertir, la IA se ha convertido ya en un “campo de sueños” (if you build it, they will come) que se autoalimenta y, por tanto, más que preguntarse por si la IA va o no a funcionar, hay que preguntarse por su impacto en los sectores y en la economía en general. En cuanto a las compañías, claramente las que se queden fuera de la IA serán perdedoras. En lo que se refiere al impacto económico, lo normal es que la IA ayude a moderar la inflación al generar sobreproducción, como apuntaba el informe Citrini.
Dicho lo anterior, pensar en un nuevo ciclo de crecimiento global no es incompatible con pensar en correcciones que podrían, e incluso deberían, ser del entorno del 5% o del 10%. Tal vez el catastrofismo no esté justificado, pero la euforia que muestran las bolsas, sobre todo las americanas, tampoco. Entramos en mayo con esa sensación mixta, ya que no compartimos la euforia, pero tampoco vemos una debacle inminente.
La presentación de resultados esta semana incluye nombres como Palantir, Advanced Micro Devices (AMD), McDonald’s, Arcelor, UniCredit, Uber, Airbnb o Rheinmetall, entre otras muchas. En lo que a noticias macro se refiere, la principal será el informe de empleo americano de abril, que se publica el viernes y que permitirá ver si hay una desaceleración tan fuerte en la economía norteamericana como la que algunos plantean.
Tras cinco semanas seguidas de alzas en el S&P y en el Nasdaq, esperaríamos una corrección, aunque sea suave, pero la fuerza del mercado es tan grande que no cabe descartar nuevas alzas.